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Guerra Participación Política y Los Medios Masivos

Escrito por Alberto Grimaldos Barón

No hay duda de que la información y el manejo mediático son factores determinantes en la política y en las guerras contemporáneas. Generan efectos psicológicos que se resuelven a través de decisiones explicables en virtud de los discursos que se difunden. Sin mayores justificaciones y de manera casi absoluta, la población asume en su cotidianidad lo reiterado como verdadero en la información suministrada por los grandes medios; por allí se definen relaciones, intereses, aficiones, ocupaciones e ideales en conformidad con esta “Verdad” que se presenta sin restricciones de tiempo.

Para la masividad de los medios, poco importa el cuestionamiento moral que suponga lo que digan, mucho menos las restricciones de otros puntos de vista. De hecho, la negación de “lo otro” o de “los otros”, es un imperativo; con ello se hace la realidad y se hace política. Una interpretación se superpone y se hace absoluta.

La “imparcialidad de los medios” es una afirmación vaga y engañosa. La parcialidad, por el contrario, se muestra conscientemente cuando el espectador somete a examen lo dicho y percibe un énfasis en determinados sesgos de los sucesos; pero esa crítica no es general y está reservada para unos pocos; pues se cuestionaría la dimensión “masiva” que demanda la construcción de “Verdad”. La parcialidad es maquillada como “imparcial” para hacerse válida como requisito de “Verdad”. No hay nada “verdadero”, a menos que se declare bajo la categoría de neutralidad. Para los medios masivos, el requisito de universalidad de la Verdad es definido como “neutralidad”, “parcialidad” u “objetividad”.

En la mentalidad masiva, atender a la vida cotidiana es decisivo para lograr la efectividad política. En las democracias que encuentran en el voto su realización por preeminencia, las decisiones son favorables si se producen en relación, o como apelación, a la idiosincrasia, la cultura, los comportamientos, intereses y prácticas del común; lo que, a su vez, supone advertir los patrones contemporáneos generalizados, reproducidos y, por tanto, representados en los medios. Ello es un requisito para la efectividad de las campañas electorales y la conveniencia en que se producen y muestran las alianzas para fines públicos.

Si quienes participan de la política partidaria obtienen provecho de esta comprensión de la dimensión cotidiana, quienes ejercen la guerra persiguen fines estratégicos cuando operan sobre ella.

En lo que atañe al conflicto colombiano, los medios infunden ideas de bienestar y seguridad, elevándolas a categorías morales fundamentadas en el desprecio al enemigo; niegan que el contendiente tenga intencionalidades distintas a generar terror, muerte y toda clase de vejámenes contra indefensos. Cuando el miedo es impuesto en la población, se genera una predisposición para comprender la guerra, entablando una noción producida de los “buenos” y los “malos”. Equiparable a las películas de acción, siempre se espera que los buenos ganen.

Cuando los medios masivos restringen las declaraciones de los rebeldes, la imposición de “Verdad”, dada por la parcialidad enmascarada en “neutralidad”, se traduce en anuncios de distorsión. Se difunde la descomposición de la fuerza contraria a partir de opacar y desvirtuar los fundamentos y móviles del enfrentamiento, lo cual afianza el miedo y, consecuentemente, la idea de que los “malos” deben ser vencidos porque sólo son terroristas y criminales que comprometen el bienestar y la seguridad.

Digámoslo de otro modo: Caracol, RCN, El Tiempo, Revista Semana, El Espectador; los medios regionales, sin importar su formato, escriben y profieren una visión de la vida nacional fundada en la negación de los móviles de las guerrillas y de los valores de oposición que constituye la izquierda. La idea, a diario que a diario presentan, de que hombres y mujeres en la insurgencia desarrollan la guerra con la única motivación que provee el beneficio individual y un adjudicado “goce delincuencia”, es una regla y un punto de referencia para la elaboración de titulares y formatos noticiosos. Para ellos la guerrilla se ha convertido en el cuerpo criminal por excelencia; incluso, la han utilizado para ensañarse despectivamente hacia movimientos sociales y actividades legales de la izquierda legal. Así inventaron la categoría de “idiotas útiles del terrorismo”

Este esfuerzo de los Grandes Medios de comunicación busca la derrota política del contendiente, ante la posibilidad de un tránsito no traumático a la política legal. Para hacer política –y, en efecto, sacar la violencia de la política-, se requiere gozar de una legitimidad básica y una posibilidad de poner en evidencia que se cuenta con principios y móviles consecuentes con una razón no criminal.

Por consiguiente, la posibilidad de superar con éxito la guerra depende en gran parte de la modificación de esas condiciones de exclusión, negación, distorsión y rechazo a la que es sometida la contraparte por los Grande Medios, aún en el desarrollo de la guerra. Su mantenimiento, por el contrario, constituye el interés por impedir al contradictor hacer política y, en consecuencia, conducirlo a la desconfianza en toda negociación que reclame el tránsito de la guerra a la paz.

Un tratamiento justo es requisito para hacer política legal. Esto implica la renuncia al señalamiento de criminal con el que es calificado el contendiente y, en su lugar, habilitar mecanismos que brinden reconocimiento. Si la insurgencia negocia con el gobierno para hacer política por las vías constitucionales es porque se le reconoce como auténtica, por ello los Medios de Comunicación deben ser consecuentes.

 

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