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Beato Romero, El Santo de los Oprimidos

Escrito por Soledad Rosas

Son impactantes las imágenes que recibió el mundo de la ceremonia de beatificación de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el pasado 23 de Mayo en el Salvador. Las congregación de mas de 300.000 personas que recibieron con alegría la beatificación y que esperaron durante años la noticia, significa un hecho político para la historia de los pueblos de América Latina y la iglesia comprometida con las y los pobres del país centroamericano.

Monseñor Romero fue asesinado el 24 de Marzo de 1980, por estar del lado del pueblo salvadoreño y en contra de la concentración de la tierra, pobreza, hambre, violencia y demás injusticias que vivía el pueblo salvadoreño bajo una dictadura militar, apoyada por el imperialismo norteamericano. Su muerte agudizó una guerra civil de más de una década y aún así quedó en la impunidad.

Fue la insistencia y lucha de otros sacerdotes, feligreses y del pueblo centroamericano contra el olvido y por la verdad que hoy, después de 35 años, hizo posible que las instituciones eclesiales católicas lo reconocieran como mártir y lo beatificaran como paso previo al proceso de canonización.

Por eso, más que las ceremonias o declaraciones clericales, Monseñor Romero ya había sido declarado el Santo de los oprimidos, por el propio pueblo salvadoreño. Ahora, su Beatificación significa el reconocimiento a Romero como un luchador social, que buscó la justicia y dignidad para los más humildes.

Sin embargo es imposible olvidar que la iglesia, que hoy reconoce y beatifica a Romero, fue la misma que ignoró sus peticiones para interceder ante la grave situación de violencia que estaban viviendo los sacerdotes salvadoreños en la dictadura Militar de Carlos Humberto Romero Mena, bajo la consigna: Haz patria, mata a un cura. El Papa Juan Pablo II en ese entonces, no solo ignoraría dicha situación, sino que legitimaría la muerte del padre Octavio Ortiz, amigo entrañable de Romero, por su inclinación “comunista”.

Fue esa la iglesia católica y su corriente más conservadora, cómplice de las dictaduras militares y los gobiernos represivos que invadieron Nuestra América durante las décadas de los setenta y ochenta, asumiendo las orientaciones emanadas por la Política Internacional de Estados Unidos de “comenzar a enfrentar (y no simplemente a reaccionar con posterioridad) la Teología de la Liberación tal como es utilizada en América latina por el clero de la Teología de la Liberación” (Documento de Santa Fe, siendo presidente Reagan), guardando silencio ante las cientos de muertes, torturas y desapariciones de sacerdotes y monjas que decidieron tomar una postura política del lado de los sectores populares, como parte fundamental de su praxis clerical.

Por esto la decisión del papa Francisco ratifica lo obvio, la legitimidad de la lucha de Romero y todos los sacerdotes y monjas de la Teología de la Liberación, pero no significa un viraje de la Santa Sede hacia la Teología de la liberación, o hacia la izquierda. Bien sabe el Papa Bergoglio que es responsable, como máximo jefe, de sacar a la iglesia católica de la crisis en la que se encuentra, encarando las transformaciones que sean necesarias, asumiendo cambios en posturas conservadoras y polémicas. La iglesia necesita renovarse para poder atraer nueva feligresía.

Monseñor Romero y los otros sacerdotes que fueron declarados rebeldes por las jerarquías, encarnan la lucha del pueblo latinoamericano, sus vivencias, su cultura, pero también representan las víctimas de la violencia y represión ejercida por los Estados. La beatificación del monseñor Romero, representa también la posibilidad de reconocer a esos otros silenciados por las balas de los opresores: Camilo Torres, Octavio Ortiz, Ignacio Ellacuria, Enrique Angelelli, quienes desde su misión clerical se inclinaron en la búsqueda de justicia y equidad social en América Latina y el mundo.

Todo latinoamericano/na y humanista deberá recordar a Romero como un ejemplo vivo, una esperanza para nuestro continente, recordando su llamado a dejar de ser espectadores ante las graves situaciones que vivimos y comprometernos a conseguir la paz con justicia social hasta las últimas consecuencias.

El mundo debe reconocer en Monseñor Romero la humildad, la vida misma de cualquier salvadoreño que vivió como pobre y fue crítico acérrimo de la comodidad de la iglesia, de su silencio y pasividad frente a la depredación oligarca, un opositor a la represión dictatorial y a el uso de la violencia contra el pueblo.

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