“No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos,

hasta que el negro tenga garantizados sus derechos como ciudadano.

Los remolinos de la revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación,

hasta que emerja el esplendoroso día de la justicia.”

Martin Luther King, 1964.

 

Un tiroteo más en los Estados Unidos ya no es noticia. Otro joven afroamericano baleado por un policía blanco, tampoco lo es. Se trata del “pan de cada día”. Un hecho que se ha vuelto tan recurrente que ya no provoca horror o indignación y se naturaliza en el paisaje de la sociedad estadounidense. En lo que va del año, van 160 vidas afroamericanas apagadas por balas y bolillazos policiales. El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos se refiere a este fenómeno como Fascismo Social, un rasgo cada vez más común en las sociedades capitalistas modernas.

El 5 y 6 de julio volvió a suceder: Primero, en la ciudad de Baton Rouge, Louisiana, donde al afroamericano Alton Sterling, fue asesinado por dos policías. Veinticuatro horas después, en Saint Paul, Minnesota, Philander Castile, también afroamericano, fue asesinado por un policía con un disparo a quemarropa. Acto seguido, las comunidades afroamericanas dejaron sentir su dolor y su rabia en las calles de Nueva York, Washington, San Francisco, Dallas, Nueva Orleans, Baltimore, Pittsburgh, Detroit y Sacramento. Fue una de esas manifestaciones multitudinarias, el 7 de julio, en la ciudad de Dallas, donde Micah Xavier Johnson, afroamericano, francotirador y veterano de guerra de Afganistán, mató a 5 agentes de policía blancos.

El peligroso coctel de violencia policial con impunidad contra negros, la rabia colectiva, el fácil acceso a armas de fuego y los probables daños sicológicos sufridos por Micah Xavier en la guerra de Afganistán, produjeron la masacre de Dallas. Ante la muerte de policías blancos, las alertas y alarmas suenan. Hay emergencia nacional, dicen los medios. El Presidente Obama, en medio de su gira europea, lanza emotivas declaraciones desde España.

 

“Las vidas negras importan”

Hay vidas que valen más que otras. Tal vez sea esta la definición más sucinta de injusticia social. La muerte de agentes blancos a manos de un negro logró lo que la muerte de centenares de negros a manos de policías blancos nunca pudo: sacudir a la sociedad norteamericana de la modorra y anestesia social en la que está sumida y llevar a sus dirigentes a declarar, que “el país de la libertad”, vive una situación de emergencia.

Esta realidad llevó a las comunidades afroamericanas a crear el movimiento “Las Vidas Negras Importan” (Black Lives Matter - BLM). Algo tan obvio, que debería ser de sentido común -que las vidas de los afroamericanos importan-, no lo es. Las estadísticas demuestran todo lo contrario. Según la ONG Mapping Police Violence MPV (Mapeando la Violencia Policial), 346 afroamericanos murieron a manos de agentes en 2015. El 70 por ciento de ellos estaban desarmados y en el 97 por ciento de los casos no hubo procesos contra los agentes de policía. Los hechos demuestran que las vidas afroamericanas efectivamente No importan. Y por ello la trascendencia del movimiento BLM.

El movimiento BLM nació en 2013, en reacción a la muerte de un menor afroamericano, Trayvon Martin, a manos de un vigilante, quien fue absuelto. Pero el reconocimiento del movimiento llegó en 2014, tras las muertes de Michael Brown y Eric Garner, en Nueva York, a manos del agente, Daniel Pantaleo, que también fue absuelto. Luego el caso de la muerte de Michael Brown a manos del agente Darren Wilson en Ferguson Missouri en 2014, quien también fue absuelto.

Impunidad conlleva más impunidad. Y la muerte de jóvenes afroamericanos a manos de la policía, son asesinatos que no castiga la justicia estadounidense. Dallas fue la muestra de cuando llega al límite la mezcla de impotencia y rabia, que sienten las comunidades afroamericanas.

 

Racismo estructural

Ante la muerte de los 5 policías blancos, el debate en los medios y entre los políticos profesionales se centra en la falta de control de la venta de armas; cuando las armas sólo son un ingrediente que exacerba un problema sistémico de larga data: el racismo estructural que nunca ha sido superado en los EEUU.

Bien entrados en la segunda década de este siglo -a 151 años de haberse abolido la esclavitud en EEUU y a 49 del asesinato de Martin Luther King-, cuatro de cada 10 afroamericanos creen que en EEUU nunca habrá igualdad de derechos entre blancos y negros. Los afroamericanos ganan menos, viven menos, tienen menos beneficios que los blancos y son masivamente confinados en las cárceles -mucho más que los blancos-. Sus vidas, en efecto valen menos.

El racismo es un componente intrínseco del capitalismo estadounidense, pues éste se apoya en él, para garantizar un régimen de poder sustentado en las desigualdades. El racismo alimenta la estructura de clases que garantizan las riquezas descomunales del 1 por ciento a costa de las necesidades del otro 99. La acumulación originaria del capitalismo de EEUU, se sustentó en las ganancias proporcionadas por la esclavitud y, pese a la abolición de esa oprobiosa práctica en 1865, las profundas raíces del racismo han sobrevivido. El racismo estructural ha mutado y se ha adaptado de acuerdo a los tiempos; ha sobrevivido a la Declaración de Emancipación de Abraham Lincoln, a la Ley de Derechos Civiles impulsada por el presidente Lyndon Johnson en 1964, a las Revueltas del caso Rodney King en 1992; y hasta ha sobrevivido a Barack Obama, el primer presidente negro de la historia de ese país.

El racismo en los EEUU desaparecerá únicamente cuando haya sido superado el sistema de dominación capitalista. Saludamos a los movimientos afroamericanos que, como Black Lives Matter, resisten y desafían al racismo estructural y la violencia contra sus comunidades, pues sólo la resistencia de los pueblos le arrancará sus derechos al sistema dominante.

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