Hillary Rodham Clinton, ex primera dama de los Estados Unidos, ex-senadora y ex-Secretaria de Estado, se ha convertido en la primera mujer candidata a la presidencia en la historia de los EE.UU. Los medios masivos del establecimiento norteamericano proyectan el hecho, como un triunfo histórico para el movimiento de mujeres, ya que con frecuencia la misma Clinton, en sus discursos públicos, ha alzado la bandera de la lucha por los derechos de la mujer. Inclusive, personalidades de la llamada Segunda ola del feminismo estadounidense, como Gloria Steinem y Jessica Valenti, han declarado su apoyo a la candidata, sosteniendo que “es hora que una mujer esté en la presidencia.” En una entrevista televisada, ante la pregunta: ¿Usted se considera feminista? Hillary Clinton respondió que sí.

Nancy Fraser (2015), reconocida intelectual feminista, define así la llamada Segunda ola del feminismo:

"Las críticas feministas, por ejemplo, al acoso sexual, al tráfico sexual y la desigualdad de salarios, que parecían incendiarias no hace tanto, están aceptadas en general en la actualidad; pero este enorme cambio de actitudes no ha eliminado en absoluto dichas prácticas. Y con frecuencia se dice, por lo tanto, que el feminismo de Segunda ola ha provocado una revolución cultural sin parangón, pero el enorme cambio de mentalidad no se ha traducido (aún) en cambio estructural e institucional."

 

A la medida de los multimillonarios

Hillary Clinton y sus aparatos de propaganda construyen y difunden una visión de feminismo, mediante la cual, lo importante es que una mujer acceda a las esferas del poder del sistema dominante, dejando intacta su esencia. Dicho de otra manera, se trata del derecho igualitario de la mujer a compartir la administración del poder hegemónico.

Hillary Clinton forma parte de un club exclusivo de mujeres como Margaret Thatcher, ex primera ministra de Inglaterra; Angela Merkel, la actual Canciller de Alemania; y Christine Lagarde, presidenta del FMI. Thatcher se sumó a la cruzada anticomunista de Ronald Reagan de los años 1980s y le hizo la guerra a Argentina, para asegurar la posesión colonial de las Islas Malvinas. La Merkel, encabeza al imperialismo alemán, que detenta el poder del Banco Central Europeo, mismo que le ha impuesto los ignominiosos paquetes de ajuste estructural al pueblo griego. Lagarde, jefa de una de las instituciones más nocivas del sistema-mundo capitalista, persiste en las estrategias de chantaje económico mediante el endeudamiento que mantiene, como lo ha hecho en el caso de Grecia, ofreciendo más créditos a cambio de recortes en la asistencia del Estado.

El hecho que estas (y otras) mujeres hayan accedido a las altas esferas del poder global, es para muchos muestra fehaciente que el mundo se ha tornado más incluyente, más tolerante e igualitario. Es decir, prueba que la lucha de la mujer avanza positivamente.

Pero esta es una versión distorsionada del feminismo. Lo que evidenciamos en realidad, es la manera en cómo el sistema de dominación capitalista redimensiona la lucha feminista, volviéndola funcional a sus propósitos. La desfigura y transforma en el derecho de la mujer a explotar, oprimir y fabricar guerras imperiales, a la par que el hombre.

 

La captación negra y violeta

El académico Orlando Moreno Pérez, en su tesis sobre La Crisis del Estado Fosilista (2013), habla de la vía violeta del capitalismo, que incorpora este color, símbolo de la lucha feminista:

“Asistimos hoy a la valorización de la incorporación de la dimensión de género y del reconocimiento de los atributos y capacidades 'típicamente femeninas' asociadas a la imagen de renovación (y legitimación) de las instituciones centrales del status quo como FMI, [Reserva Federal], etc.”

Frecuentemente, la captación, como estrategia de control social, es más eficaz que la represión directa. Históricamente, el sistema capitalista ha sido exitoso en incorporar y cooptar movimientos contra-hegemónicos y volverlos funcionales a sus propósitos. Este ha sido el caso con el ambientalismo, que fue degenerado en la propuesta de la “economía verde”.

Igual ha sucedido con las luchas del movimiento Negro. Al verse amenazado por el radicalismo de líderes como Malcolm X y Martin Luther King y movimientos como las Panteras Negras, el establecimiento resignificó la lucha por los derechos civiles e incorporó a personas afro descendientes en posiciones del gran poder. Está el ejemplo de Collin Powell, afroamericano, ex general de cuatro estrellas del ejército de los EEUU, jefe del Estado Mayor Conjunto bajo la administración de George Bush padre y luego Secretario de Estado bajo la administración de George W. Bush hijo; destacado jefe de la invasión imperialista hecha contra Panamá en diciembre de 1989.

Condolezza Rice, afroamericana quien sirvió como asesora de seguridad nacional, durante el primer gobierno de George W. Bush y luego como Secretaria de Estado, en el segundo mandato del mismo; convertida en una de las estrategas más influyentes, en la mal llamada Guerra global contra el terrorismo.

No se puede dejar por fuera al mismísimo Barack Obama, el primer presidente afroamericano en la historia de los EEUU, provocador de inmensas esperanzas de cambio, para luego convertirse en el gestor de titánicas desilusiones, al develarse su auténtica naturaleza, como una manifestación más de la continuidad de la estrategia de dominación imperial norteamericana. Calificado por el mismo Collin Powell como “falto de compromiso racial”.

 

Resistir al imperialismo violeta

Se dice con frecuencia de Hillary Clinton, que ella “nunca conoció una guerra que no le gustara". Como Secretaria de Estado de la administración de Obama, fue ella quien insistió en el bombardeo de Libia, pese inclusive a las objeciones del entonces Secretario de Defensa, Robert Gates. Clinton resumió así, el genocidio de Libia y la muerte de Muamar el Gadafi: “Vinimos, vimos...y él murió”.

Como senadora, desempeñó un cargo en el Comité de Asuntos Militares y apoyó todo tipo de contratos multimillonarios con la industria armamentista, al igual que con empresas de seguridad privada. Tanto ella como su esposo, el ex presidente Bill Clinton, han recibido abundantes dineros del complejo militar industrial para sus campañas.

Con fervor la Clinton apoya la Guerra global contra el terrorismo, insiste en aumentar la presencia militar estadounidense en Siria, para derrocar el gobierno Al-Assad, e incentiva el escalamiento de la confrontación con Rusia y China. Con fanatismo militante apoya a Israel y es anti-iraní, insistiendo en que el Estado Islámico e Irán son una sola cosa, y ha sido insistente en que el Congreso debe aprobar el uso de fuerza militar contra el pueblo iraní.

Jeffrey Sachs, el internacionalmente renombrado profesor de economía de la Universidad de Columbia, ha bautizado a Clinton, como “la candidata de la Maquinaria de Guerra de Estados Unidos”. El profesor ha insistido en que: “más que cualquier otra persona, Hillary puede asumir la responsabilidad de haber incentivado la violencia desde África Occidental hasta Asia Central”.

De la misma manera, más que cualquier otra persona, Clinton ha apoyado la expansión de la OTAN hacia el Este, insistiendo en la inclusión de Ucrania y Georgia; y como Secretaria de Estado fue la responsable de la reactivación de la Guerra Fría con Rusia.

Tuvo una participación directa en el golpe de Estado de Honduras, se opone a quitarle el bloqueo a Cuba y atiza la intervención militar en Venezuela. La “feminista" Clinton conspira con Wall Street y las élites de los EE.UU, para recuperar la supremacía del Consenso de Washington en América Latina, proyecto que incluye el golpe institucional y la difamación personal de Dilma Rousseff, una de las pocas mujeres presidentes del mundo. La solidaridad de género no llega tan lejos.

 

Un feminismo liberador

El feminismo le aportó al pensamiento revolucionario la idea de que las relaciones de dominación, explotación y desigualdad, que existen entre hombres y mujeres forman parte del engranaje esencial del sistema-mundo capitalista. El feminismo nos enseña que la lucha de clases atraviesa la relación entre hombres y mujeres, y la relación desigual entre hombre y mujeres es una parte intrínseca de la lucha de clases. El patriarcado y el capitalismo son partes indisolubles de un mismo sistema de dominación y opresión. No se puede superar uno, sin superar al otro.

Hillary Clinton representa un feminismo postizo, con un discurso diseñado para enmascarar y perpetuar el estatus quo y las actuales relaciones y estructuras del poder, más no para desafiarlas: un feminismo funcional al capitalismo y su proyecto de asalto imperial al mundo.

Ninguna feminista auténtica promovería guerras de conquista, injerencias e invasiones a otros pueblos. Ninguna feminista llamaría "daños colaterales" a las decenas de miles de muertes de civiles inocentes en Irak, Afganistán, Libia y Siria; o a la humillación de niñas y mujeres violadas por militares norteamericanos, desde sus centenares de bases enquistadas en todo el mundo. Ninguna feminista defendería los centros de tortura como Guantánamo, como hace Hillary Clinton.

No obstante, en las redes sociales y en los medios hegemónicos Clinton se presenta como buena esposa, mamá y abuela; transmite el mensaje a las jóvenes mujeres, de que "tú también puedes ser exitosa y poderosa como yo". Y en una cultura que idolatra de la ambición individual y aduladora de las ansias de poder y riqueza, como la norteamericana, este discurso cala hondo. Y, por ello, esta visión ha convencido a más de una feminista de la Segunda ola, quienes aceptan las reglas del juego del orden dominante.

El discurso del feminismo neoliberal y pro-imperial, sólo puede ser contrarrestado con el rescate de un feminismo auténticamente popular y emancipador; y esto se logra solamente mediante un fortalecimiento de la lucha anti-patriarcal. El feminismo auténtico se sustenta en la integralidad e interdependencia entre la liberación de la humanidad, la liberación de la mujer y la liberación de la Madre Tierra. Por ello, decimos que toda lucha auténticamente revolucionaria, debe ser también una lucha anti-patriarcal.

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