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François y el bien común

Escrito por Carlos Ramos / FTIMH

 

La partida física del amigo y hermano François Houtart, sociólogo marxista y teólogo de la liberación, quien fue el maestro de nuestro amado Camilo Torres, nos deja como tarea urgente la sistematización y difusión de su pensamiento y su obra.

Para el ELN, François Houtart desarrolló un pensamiento crítico anti-sistémico que hoy nos sirve para iluminar los caminos hacia la superación definitiva del sistema capitalista.

 

Ya no se puede regular la crisis

En sus más recientes escritos, François planteó que ya no es posible encontrar soluciones a la crisis mundial, ecológica y civilizatoria dentro del marco de capitalismo, como en otros tiempos se hizo a través del capitalismo de bienestar (keynesianismo). Las propuestas de regulación de la actividad del capital son enteramente insuficientes ante la envergadura de la problemática. La fisura metabólica entre humanidad y naturaleza, que provocó la aparición del sistema capitalista siglos atrás, ha llegado a tal extremo que ya no existen soluciones “reguladoras” dentro del sistema mismo.

El capitalismo ha impuesto la lógica de soluciones individuales ante problemas colectivos y comunes, como el hambre, el desempleo, la contaminación, la inseguridad, etc. Estas soluciones individuales, a su vez, son mercantilizadas; es decir, su resolución es a través del mercado. El capitalismo transnacionalizado y financiarizado ha llevado esa mercantilización e individualización de la vida a extremos que ponen en peligro la vida misma del planeta.

 

Revalorizando el bien común

Ante ello, François nos propone la necesidad de rescatar “el Bien Común de la Humanidad”, como un nuevo paradigma-antídoto ante este fenómeno destructor del capitalismo contemporáneo. Se trata de rescatar, revalorizar y defender la naturaleza, el agua, los servicios públicos, los espacios públicos, etc. Pero aclara: “No se trata tampoco de un patrimonio, como en el caso de los “bienes comunes”, sino de un estado (bien estar, bien vivir) resultado del conjunto de los parámetros de la vida de los seres humanos, hombres y mujeres, en la tierra”.

Houtart va más allá, al insistir en que se trata ”de imponer una filosofía de vida colectiva de la humanidad en el planeta, adaptada a las nuevas circunstancias”. ¿Cuáles son esos elementos de vida colectiva? “La relación con la naturaleza, la producción de la vida, la organización colectiva (la política) y la lectura, la evaluación y la expresión de lo real (la cultura)”.

Houtart profundiza aún más la categoría: “De hecho se trata de la producción y de la reproducción de la vida a escala de la humanidad. Finalmente, el Bien Común de la Humanidad es la vida y su reproducción”.

Nos dice François que el Bien Común de la Humanidad puede llevar muchos nombres, “desde el sistema de necesidades y capacidades de Marx, hasta el Socialismo del Siglo XXI de América Latina, o el Sumak Kawsay de los indígenas kichwa del Ecuador. Lo importante no es el nombre, sino el contenido”.

Para avanzar en dirección del Bien Común, es preciso abandonar las fórmulas que no son más que adecuaciones del actual modelo de desarrollo, colocándole apellidos que lo hacen parecer más benigno: por ejemplo “desarrollo sostenible”, “desarrollo humano” o “capitalismo verde”. Hay que atacar la lógica fundamental del modelo de desarrollo vigente.

 

El valor de uso sobre el valor de cambio

El eje de la acumulación capitalista, dice Houtart, privilegia el valor de cambio (valor mercantil, el precio), sobre el valor de uso (la utilidad social de un bien). Para pasar de relaciones de producción sin explotación y sustentadas en la solidaridad, en aras de que todos y todas accedan las bases materiales de la vida, es imprescindible que se privilegie el valor de uso por encima al valor de cambio. El control del capital sobre el proceso de producción y la primacía de la propiedad privada sobre los medios de producción son la raíz de este problema y deben ser cuestionados radicalmente si pensamos avanzar hacia un paradigma del Bien Común.

El posicionamiento dominante del valor de uso nos llevaría a un ordenamiento de nuestras economías en función de la satisfacción de las necesidades más vitales de nuestras sociedades, la mayoría de ellas, necesidades comunes, compartidas entre todos y todas.  Ello desplazaría el orden dominante -predicado sobre la supremacía del valor de cambio- mediante el cual las necesidades son determinadas individualmente (frecuentemente creadas mediante la mercadotecnia) y satisfechas a través del mercado. Esta es la esencia de la sociedad de consumo moderna.

 

Superar la ruptura metabólica entre la naturaleza y la humanidad

Dicha ruptura metabólica empezó con la acumulación originaria, se acentuó con la revolución industrial y llegó a niveles insostenibles con el capitalismo transnacionalizado y financiarizado. Fue Marx quien primero se refirió a la 'fractura' abierta en la relación metabólica entre los seres humanos y la tierra, al reducir a la naturaleza a un “recurso natural”, una materia prima, un insumo más para el proceso de acumulación de capital.

Los modelos socialistas del Siglo XX no rompieron con esta lógica, pues siempre se privilegiaba el “despegue de las fuerzas productivas”. Esto, pese a que Marx advirtió de la “necesidad natural y eterna de mediar el metabolismo que se da entre el hombre y la naturaleza, y, por consiguiente, de mediar la vida humana”.

Ante ello, escribe Houtart, se trata de “pasar de la explotación (concepto del capitalismo) al respeto de la tierra como fuente de toda vida, física, cultural, espiritual, y fomentar una visión biocéntrica del universo”. Dicho en otras palabras, el Bien Común de la Humanidad, vivir bien, significa el respeto de la integridad de la Naturaleza como fuente de vida, como Madre-Tierra.

 

Lo más digno siempre será luchar y no callar”

Finalmente, sostiene Houtart, la posibilidad de imponer el paradigma del Bien Común de la Humanidad, de una filosofía de la vida colectiva, por encima de la filosofía de la vida individualizada, atomizada y mercantilizada, solo será “el fruto de las luchas sociales y revolucionarias, combinadas con un pensamiento crítico”.

Para el ELN, lo anterior se traduce en la necesidad imperiosa de trabajar por un proyecto de liberación nacional, que esté social y comunitariamente arraigado, que aporte a la reconstrucción del tejido social, tan lacerado por más de 7 décadas de guerra. Por un proyecto de liberación nacional que cierre la grieta metabólica entre humanidad y naturaleza, La liberación nacional es un proyecto que debe rescatar lo que tenemos en común, que nos interpele a compartir, a definir un horizonte compartido entre todos y todas. Eso forma parte de nuestra geneología: comunero, comunidad, comuna, comunista... la liberación nacional es la lucha por el bien común de la humanidad.

Ahora bien, queda claro que los dueños de las riquezas y del poder no se quedarán con los brazos cruzados frente al avance de un proyecto de emancipación común de la humanidad. Reaccionarán como siempre lo han hecho: con violencia y alevosía.  Por tanto, es inconcebible avanzar en ese proyecto civilizatorio, sin contemplar la resistencia activa de los pueblos. Transformación y resistencia son los dos lados de una misma moneda.

 

Los pueblos en resistencia tienen la palabra, y el ELN acompañará su camino.

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