Señoras y señores les hago llegar mi respetuoso saludo.

La crisis que sufre Colombia aparece en los medios de comunicación, en la muerte de niños por hambre, por el bajo ingreso petrolero, la devaluación del Peso, el racionamiento eléctrico, la corrupción en Saludcoop y Reficar; la venta de Isagen, los fallos adversos en la Corte de La Haya, la persecución política a los activistas de derechos humanos y líderes sociales, etc.

Con esta avalancha de males, pasa desapercibida la crisis de las Fuerzas Armadas, evidenciada en su asociación con las mafias; como es el caso del llamado a juicio del general Maza Márquez, por su participación en el asesinato del dirigente liberal Luis Carlos Galán, en 1989, por encargo del capo Pablo Escobar.

Algunos podrán alegar que eso fue “un mal momento”, de hace tres décadas; pero noticias de hace un mes (*), dicen que la Agencia anti drogas (DEA) de los Estados Unidos, tiene pruebas documentadas de actuaciones a favor de distintas mafias narco paramilitares, en contra de altos oficiales de las FFAA; entre los que sobresalen los generales Rosso José Serrano Cadena, Óscar Naranjo, José Roberto León Riaño, Luis Eduardo Martínez, Mauricio Santoyo y Leonardo Gallego Castrillón.

La grave crisis que sacude al estamento policial, aún no toca fondo y sólo volvió a ser noticia, por la renuncia del general Palomino, como Director de la Policía nacional.

Para el común de la opinión nacional, el general Palomino no comporta los valores esenciales para dirigir la institución policial y en ello nada tienen que ver sus preferencias sexuales, sencillamente el Director de la policía no puede ser un traficante en dicha institución, para ocultar y desarrollar redes de prostitución, trata de personas al interior de dicha institución y captar fondos de ellas para enriquecerse ilícitamente.

No exagero al decir, que la policía colombiana es una institución enferma al interior de una sociedad también enferma, y curar esta institución va mucho mas allá de cambiar a su Director.

La crisis de la policía es grave en cualquier circunstancia, pero reviste mayor gravedad en este contexto del proceso de paz en Colombia, donde se habla de preparar a las FFAA, para la fase que sigue a los acuerdos.

Una institución que no goza del prestigio, el respeto y la confianza de la ciudadanía, poco puede hacer para “velar por la honra y bienes de todas y todos los colombianos”, como dicen las leyes.

 

En una sociedad enferma como la colombiana, los valores humanos y aquellas virtudes que según la teoría debe comportar todo servidor público, se ahogan en aquella realidad compleja de intereses mezquinos, donde la corrupción, las prácticas ilícitas, generan mafias al interior de todas las instituciones y son esas mafias las que imponen las dinámicas institucionales.

Las y los jóvenes que con buenas intenciones ingresan a las instituciones policiales y militares, pronto ven arruinados sus propósitos y se ven ante el dilema de integrarse a las dinámicas de descomposición prevalecientes en dichas instituciones o cargar sobre sus hombros el reto de enfrentarlas, corriendo el riesgo de ser asesinados. Pagaron con sus vidas los dos jóvenes policías, que se atrevieron a denunciar a los oficiales corruptos de la nefasta “comunidad del anillo”.

Las prácticas ilegales y violentas que usa el Estado, para impedir los avances de las luchas populares -que se generalizaron desde mediados del siglo pasado, con el exterminio del Movimiento popular gaitanista, del cual uno de sus últimos sacrificados fue justamente el líder Jorge Eliécer Gaitán (1900-1948)-, llevaron a la oligarquía a encargar a las FFAA del accionar ilegal, llamado guerra sucia, mediante el cual la represión ilegal es atribuida exclusivamente a las bandas paraestatales; quienes hasta la década de los años 60 se llamaron “pájaros”y a partir de entonces se llamaron escuadrones paramilitares; a las que ahora el régimen quiere hacer pasar, apenas como “bandas criminales”.

Esta carga de accionar delictivo encargado a las FFAA, en particular al Ejército y la Policía nacional, hacen que estos hayan hecho de la ilegalidad una práctica criminal institucional, que terminó de afianzarse con la generalización del narcotráfico, en la década de los años 70 del siglo pasado.

Hay que recordar, cómo las FFAA colombianas sirven de plataforma de inteligencia y operaciones, para los carteles de las drogas, fenómeno que es registrado con lujo de detalles por los grandes medios de comunicación; en una difusión internacional, que hace ver las costumbres mafiosas, como un componente predominante de la cultura colombiana; visión unilateral que nosotros rechazamos.

En un proceso de paz auténtico, que debe proyectar a Colombia por nuevos caminos de futuro, la necesidad urgente, no es que las FFAA brinden “seguridad al proceso”, sino que ellas como institución, se deben transformar para que puedan ser garantes de ese futuro, del que mucho esperan todas y todos los colombianos; ello implica que la minoría gobernante deje de ver al pueblo como “el enemigo interno” y que además en las FFAA, la corrupción y el crimen no sean los propulsores de los ascensos y demás estímulos. Solamente de esta manera, se podrá consolidar una paz estable y duradera.

 

Me despido hasta una siguiente oportunidad.

 

 

Cordialmente,

 

 

Nicolás Rodríguez Bautista.

Primer comandante del ELN

Marzo 25 de 2016.

 

_____

(*) Memorandos de la DEA relacionan a tres exdirectores de la Policía con el narcotráfico. Caracol Radio, 24/02/2016.

 

Tagged Under