Me enseñaste a cantarle

a mariposas que alborotan atardeceres

con sus colores sobrevolando el perfume.

 

En tu vientre

se encuentra lo más triste de la historia;

el grito de dolor profundo

que serpentea la patria como río anónimo;

la cara del niño,

huérfano de besos y de pan.

 

En tu vientre

ésta, la tragedia heredada

generación tras generación;

la ceniza y sus huellas en el viento,

la noche

y la rabia

y la luna girando alrededor

de poemas y reencuentros.

 

Llegué a ti

a volver a nacer

a caminar al compás de la aurora

y del rocío

miro cómo nacen pajaritos rojos y negros

y blancos

en tu bandera, sembrada en el alma de la patria.

 

Me enseñaste el amor más allá de la aldea

y a andar por vericuetos de la geografía

de la esperanza.

 

Me regalaste

otra familia cargada de abrazos

y ese corazón tuyo

con cincuenta años de palpitar de patria

y amaneceres.

 

Me enseñaste

que morir por los infinitos prójimos

es continuar la vida

en cada grito que sigue

en cada ceniza insurgente

y en cada canto que mana

de las trincheras.

 

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